martes, 12 de septiembre de 2017

La verdadera historia del "candirú" el pez que se mete dentro del pene humano

Lo llaman “pez palillo” debido a su diminuto tamaño y forma delgada. A partir de ahí, se acabó cualquier connotación agradable. Dicen que las experiencias de quienes se han cruzado en su camino son lo suficientemente sádicas como para ir con cautela. ¿Qué hay de verdad y qué hay de leyenda?


El vasto ecosistema de agua dulce del río Amazonas es el hogar de todo tipo de vida animal. Muchas de esas especies prosperan en virtud de lo despiadadas y feroces que puedan llegar a ser. Que esta sea la realidad del candirú es más difícil de asegurar. Si hacemos caso a muchos de los lugareños e indígenas del famoso río, no hay duda, la especie más traicionera y temible es el pequeño y delgado pez.

Cuando hablamos de este anfibio nos referimos al Vanellia cirrhosa, también conocido como candiro azul o pez vampiro. Habita en las profundidades del Amazonas y estamos ante un parásito, principalmente de otros peces, aunque como veremos, también puede atacar a animales, incluidos en la ecuación (de forma excepcional), los humanos.



La caza del pez vampiro

A diferencia de las pirañas, el candirú ataca de forma individual en vez de en grupo, además, no son especialmente grandes como las anacondas. De hecho, está entre los vertebrados más pequeños del planeta. El pez se suele quedar en la oscuridad del fondo del río, acechando en silencio a los peces vecinos. Allí la luz es escasa, pero el pez no necesita ver, tan sólo necesita seguir las huellas de urea y amoníaco que son expulsadas de las branquias.

En este punto, el diminuto cazador persigue la sombra de su presa, casi invisible debido a su cuerpo translúcido y su pequeño tamaño. Cuando el objetivo exhala, el candirú detecta el flujo resultante de agua y enfila a la cavidad branquial expuesta con una velocidad increíble. En menos de un segundo, penetra la branquia y se retuerce en su interior, sacando a relucir un paraguas de espinas con el que engancha y asegura su posición.

Sin tener en cuenta los movimientos espasmódicos y el pánico del anfitrión, el parásito comienza el festín. Anclado firmemente con sus espinas, el pez comienza a mordisquear inmediatamente un agujero en una arteria cercana con sus dientes de aguja, la recompensa que brota y el escenario de una película gore se hacen realidad.

En aproximadamente tres minutos, el vientre de este demonio del agua se hincha con la sangre de su víctima y se retrae de sus garras clavadas en el interior del pez. Y aunque pueda parecer que el objetivo se ha salvado, lo cierto es que sus heridas son tan extensas que las posibilidades de supervivencia son mínimas. Mientras tanto, el candirú vuelve por dónde vino, regresa a las sombras de las profundidades del Amazonas para digerir su comida.

El candirú y su predilección por el pene humano

Lo cierto es que hay muchas historias en la región, la mayoría terroríficas, con respecto a los ataques a humanos del candirú. No es raro que las personas que nadan o se bañan en el río orinen mientras están en el agua, una acción que crea pequeñas corrientes de agua ricas, precisamente, en urea y amoníaco, al igual que un pez exhalando. Eugene Willis Gudger contaba en su ensayo de 1930 publicado en American Journal of Surgery lo siguiente: En todo el Amazonas, y durante más de cien años, se ha contado la historia de un pez que tiene el asombroso hábito de penetrar la uretra de los bañistas, particularmente si se orinan cuando están en el agua.

El trabajo de Gudder recoge muchas de las vivencias de los indígenas desde 1820, aunque muchas de las historias son francamente difíciles de verificar.

Los relatos cuentan que el diminuto y delgado pez no siempre distingue a un humano que orina de una exhalación de la branquia de los peces, y en ocasiones intentará ese ataque característico de alta velocidad contra la uretra expuesta y sumergida. De ser así, el escenario descrito anteriormente cambia notablemente. Imaginarse un ataque de esta envergadura a un pobre e indefenso pene en el agua es simplemente horripilante. ¿De verdad es posible?

Un tipo llamado Silvio Barbosa era una de esas escasas almas que sufrieron el devastador ataque. El hombre estaba nadando en el río Amazonas cuando le atacó el pequeño parásito. Según Silvio: Tenía ganas de orinar. Me puse de pie y fue entonces cuando me atacó. El candirú me atacó casi sin darme cuenta. Cuando lo vi, estaba aterrorizado. Lo agarré rápidamente para que no pudiera entrar más profundo. Sólo podía ver el final de su cola aleteando. Traté de agarrarla, pero se me escapó y entró…
La historia de este hombre es similar a la que explican los indígenas de la zona. Cuando el candirú invade con éxito a un ser humano procede exactamente a como lo haría con un huésped de peces. Después de entrar en el orificio identificado erróneamente, el pez se retuerce en su camino en la medida de lo posible, a menudo acompañado por los frenéticos intentos de la víctima para agarrar la cola resbaladiza cubierta de algo parecido a un moco.

En el improbable caso de que la víctima en pánico se las arreglara para agarrar al pez, sus puntas, probablemente enganchadas en el interior de la uretra hacia atrás, causarían un dolor tan insoportable como indescriptible en cada tirón, y uno fuerte podría convertirse en un desgarro tan dramático como sangriento para la persona. Una vez dentro por completo, el parásito sigue su camino hasta encontrar una buena membrana de sangre con la que extender sus colmillos sobre el tejido circundante y comenzar a festejar una vez más.

Pero la película de horror no termina aquí. Para el candirú, este viaje equivocado al pene de un hombre es el último. El sangriento banquete lo acaba dejando tan hinchado que no puede escapar por el orificio. Según la leyenda de las víctimas, muchos hombres eligieron la castración como una alternativa a una muerte lenta, aunque insoportable, antes de que la cirugía fuera una opción.

Como escribió George Albert Boulenger, curador de Peces en el Museo Británico a comienzos del siglo XX, “el veredicto de todos los relatos existentes sobre estos ataques es que la única forma de evitar que llegue a la vejiga, donde causa inflamación y finalmente la muerte, es amputando el pene”.


Sin embargo, Boulenger no presenció ningún ataque directamente, al igual que Gudder. En el año 2002 y con el fin de acabar (o no) con la leyenda, un grupo de investigadores de la Universidad de Connecticut liderados por Stephen Spotte idearon un plan. El equipo razonó que, dado que el pez se puede alimentar exitosamente en aguas fangosas y turbulentas (muchas veces en la noche), debían tener refinadas adaptaciones sensoriales que les permite detectar sabores y olores característicos de su presa.

Entonces evaluaron al pez con otro pez vivo con sustancias químicas atrayentes (como el amoníaco). ¿El resultado? Respondió con “apetito” al pez, pero ignoró cualquier señal química. Los investigadores señalaron entonces que debía existir otra razón para el supuesto ataque a humanos.

En este punto volvemos a la historia de Silvio que tuvo lugar en 1997. Se trata de la única prueba de primera mano de la que dispone la literatura médica. Spotte decidió acudir al médico que atendió a Silvio en Manaos (Brasil). El hombre tuvo la suerte de tener acceso a instalaciones médicas modernas, aunque tuvo que soportar tres días de profunda agonía antes de que el pez fuera extraído por el cirujano urogenital, Anoar Samad.

Al parecer, Samad le presentó fotos e incluso un vídeo de la operación, pero Spotte seguía dudando de ello. Como ha afirmado en un trabajo posterior, la víctima asegura que el candirú había ascendido por su corriente de orina antes de aferrarse violentamente en su uretra. Spotte indica que es bastante increíble, ya que “para nadar por la corriente de orina, el pez debe hacerlo más rápido que la fuerza del chorro y salirse del agua en contra de la gravedad”.


En definitiva, la idea del pez nadando y entrando por completo en un pene parece ir en contra de las propias leyes de la dinámica de fluidos. Los informes verificados sobre ataques de candirú contra los genitales humanos son tan escasos que cuesta creer que un pez sea capaz de nadar hasta una corriente de orina procedente de arriba y penetre en el pene.

Así que lo lógico es pensar que si uno orina en el Amazonas mientras sus genitales están sumergidos y expuestos, el riesgo es, como mínimo, ridículamente improbable.




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